4. Una roca especial

 Una roca especial de Asturias

Tras leer “El ojo en el mar” te proponemos crear una leyenda que explique el origen de una roca que hay en una playa asturiana. Recuerda que las leyendas se desarrollan habitualmente en un lugar y un tiempo precisos y reales y suman elementos mágicos que en estos casos explicarán ese origen.

 

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5 thoughts on “4. Una roca especial

  1. Muchas veces, pasamos por un lugar cientos de veces, y lo que creemos conocido, nos sorprende y así descubrimos para nuestra sorpresa lugares de ensueño. Este es el caso del día de hoy. Tanto la playa de Bayas, donde he ido a correr o a pescar, como la isla de la Deva por donde me aventuré por primera vez en esto del kayak de mar, me eran conocidos. Y tuvo que ser la casualidad, la que me llevó un día de paseo con mi familia por la senda costera situada por encima del cabo Vidrias, a observar que toda la base de los acantilados, que en pleamar presenta unas calitas de cantos rodados, en la bajamar formaba una playa de arena, con cierta continuidad, que permitiría que nos desplazaramos por ella caminando…aparte, pude observar un arco de piedra en la playa de grandes dimensiones. http://farm7.static.flickr.com/6069/6106623150_c6ac8c4748.jpg

  2. LA PLAYA DE LA NOCHE

    -¡Leila, haz el favor de venir aquí! ¡La marea va a subir de un momento a otro!

    La muchacha no se movió de la roca sobre la que estaba. La brisa marina del anochecer le revolvió el pelo negro e hizo que los ojos, de color del océano poco profundo, le escociesen. El agua le salpicaba los pies desnudos y le hacía cosquillas en los dedos.

    -¡Leila!-repitió su madre desde la casa.

    Exasperada por el humor de su hija, la mujer soltó un suspiro y regresó al interior de la casa, sacudiendo la cabeza. En cuanto su talón desapareció por la puerta, Leila apartó la vista del oleaje y se puso en pie. Se aseguró de que su madre no miraba y dejó que el vestido de playa se le escurriese por los hombros, hasta caer al suelo rugoso. Debajo sólo llevaba un bañador negro como el ébano. Sonrió para sus adentros y saltó.

    El agua salada le cubrió entera. La chica abrió los ojos bajo el agua y pataleó hacia un lado. Una ola la empujó contra la orilla, pero a Leila le daba igual. A ella sólo le interesaba llegar a la isla del otro lado de la playa. Saliendo regularmente para tomar aire, llegó nadando a las rocas escarpadas del otro lado. Apoyó las palmas de las manos contra el terreno húmedo y saltó fuera del agua. Justo a tiempo. La luna, plateada, enorme y brillante, surgió desde el horizonte, cubriéndolo todo del color de la plata.

    -¡Yuju!

    Leila empezó a bailar sobre la roca, mientras que el agua se subía hasta sus tobillos. Cuando quiso darse cuenta de lo que ocurría, ya era demasiado tarde. Una ola se la tragó y la empujó hacia las profundidades del mar Cantábrico. Boqueando en busca de aire, Leila sacó la cabeza del agua, en busca de una línea que le indicase dónde estaba la playa. Pero todo estaba oscuro, y la playa de Los Quebrantos se había perdido en la noche.

    La chica no pudo hacer otra cosa que echarse a llorar y dejarse llevar por la marea, que la arrastraba mar adentro. No paraba de pensar en las advertencias de su madre, en la marea, en su manía por nadar durante la noche y en la última vez que había visto a Lucas. La última vez que había visto su pelo negro entre las aguas. La última vez que le había oído gritar que la amaba mientras se hundía entre el mar furioso.

    -No pienses así, no ayudas, ¿sabes?

    Leila se sobresaltó ante la voz. Se giró y se halló frente a una mujer de cabellos color coral y ojos azules plateados. Tras de ella se agitaban dos alas semitransparentes. Sus pies apenas rozaban el agua mientras flotaba sobre el mar.

    -¡Ah!

    -¿Qué te pasa, jovencita? ¿Acaso te has perdido?

    Incapaz de hablar, Leila asintió con la cabeza, sin apartar los ojos de las alas de la chica.
    -Lo suponía. Yo soy Coral, un hada del mar. Te he oído gritando y me he visto obligada a venir. Vamos, sígueme.

    Se dio la vuelta y voló sobre el agua oscura. Leila nadó tras ella todo lo rápido que le permitían sus piernas. Coral volvía la vista de vez en cuando, para asegurarse de que seguía allí. Entonces se zambulló y buceó hacia las profundidades. Leila guardó la respiración todo lo posible y pataleó tras el hada. Cuando no pudo aguantar más, tomó aire. Y descubrió que podía. No cogía agua, sino oxígeno. Coral, sentada sobre una roca, aplaudió. Leila observó asombrada cómo sus alas se metamorfoseaban hasta hundirse en la espalda de la joven. Sus piernas se tornaron plateadas cómo la luna y se unieron. Los pies se le alargaron hasta dar lugar a dos extremos; extremos de una cola. Coral se había convertido en una sirena.

    -Pero, ¿tú no eras un hada?

    -Y así es. ¿Sabes lo difícil que es nadar con alas? En marcha, el rey Neptuno te espera.

    La sirena (perdón, el hada), guió a la chica entre las rocas hasta llegar a un palacio hecho de coral de varios colores. Varias criaturas parecidas a Coral nadaban de un lado para otro, sacudiendo las colas y creando burbujas.

    -¡Vamos!-gritó la guía.

    Entraron en el palacio, donde un hombre de cola de tiburón se repanchigaba en su trono, con la corona colocada sobre los ojos.

    -Padre, tienes visita.

    El hombre-pez no respondió ante las palabras de Coral, que puso los ojos en blanco y se acercó a él. Se puso las manos en la boca a modo de megáfono y las pegó a la oreja del rey.

    -¡Padre! ¡Arriba!

    -¡AAAAHHHH!

    El tritón se levantó de golpe, dando un coletazo a su trono. Al ver a su hija partiéndose de risa, se puso la corona bien sobre la cabeza, carraspeó y volvió a sentarse.

    -Coral, ¿qué ocurre?

    -Padre Neptuno, ésta es Leila, una humana que se ha perdido. Algo me dice que la Dama de Luna está enfadada.

    La chica se estremeció, puesto que no se había presentado ante Coral, pero ella sabía su nombre.

    -¿Y qué quieres que haga? Cuando la luna dé paso al sol, volverá a su hogar.

    -Eso dijiste la última vez, y mira cómo nos salió la cosa…
    Justo entonces, entró en la sala un chico de unos 17 años, la misma edad que Leila, ojeando un libro.

    -Padre Neptuno, mire esto.

    -Hablando del rey de Roma. ¿Qué haces aquí, Lucas?

    -¿Lucas?

    El chico levantó la mirada hacia Leila, clavando en ella sus ojos grises como una nube cargada de electricidad. Sus rasgos eran angulares, pero bonitos, con pelo oscuro y tez aceitunada. Frunció el ceño y dio un paso indeciso hacia la joven.

    -¿Leila? ¿De veras eres tú?

    -Sí. ¿Y tú de verdad eres…?

    Antes de poder acabar la frase, el chico la abrazó. Y era un abrazo tan cálido y familiar que a Leila no le cupo la más mínima duda: era Lucas, su Lucas.

    -Te he echado de menos. Creía que estabas muerto…

    -Calla. Muerto no, pero aún no he podido regresar a mi hogar.

    -¿Cómo? Pero… Neptuno ha dicho que la Dama de Luna…

    -Me temo, jóvenes, que no están en mi mano las decisiones de la Dama de Luna. Ni siquiera Dorotea, Liria y Eolo han podido ayudarme.

    -¿Quiénes?

    -Mis hermanos. Se supone que Diane habla con ellos, pero me temo que mi hermana mayor se ha aislado-replicó Neptuno con cierto desdén.

    -Haz que llamen a Dorotea. Es la que más habla con Diane, ¿no?-dijo Coral de forma despreocupada mientras se limaba las uñas tendida sobre un sofá.

    -Claro, Coral. ¿A la reina del fuego al mar? De verdad, no sé qué hará este lugar cuando heredes el trono -rió Lucas.

    Coral se puso roja de ira y apretó los puños.

    -Decía que nos reuniéramos con ella en la Playa de la Noche. ¿Quién es ahora el idiota, Lucas?

    -La idea de Coral es buena. Hablaré con Dorotea y trataremos de invocar a Diane. Pero debemos darnos prisa o la luna se irá tan pronto como llegó.

    Coral dio un par de palmadas y dos caballos de cola de pez se acercaron relinchando.
    -Lucas, Leila, estos son mis hipocampos, Mare y Océane. Os llevarán a la Playa de la Noche. Debéis hablar con Diane.

    -¿Qué, ustedes no vienen?-preguntó Leila subiendo a su montura.

    Neptuno sonrió bondadosamente y negó con la cabeza.

    -Me temo que no, niña. Dorotea sólo se mostrará ente vosotros. Suerte. Y no temáis, si quiere encontraros, lo hará.

    El camino fue largo. Los hipocampos surcaron la espuma marina todo lo rápido que pudieron, sacudiendo sus colas. Pasaron de largo varias islas hasta llegar a una playa. Una playa que Leila conocía de sobra: su playa, la playa de Los Quebrantos.

    -Me había olvidado de…

    -¿Quiénes os han traído, niños?

    Una mujer parecida a Coral (el mismo cabello rojizo, el mismo cuerpo, la misma postura) surgió detrás de una roca. Sus ojos eran brasas naranjas incandescentes.

    -¿Coral?

    -En realidad, soy Dorotea. Creo que me confundes. ¿Contentos? Ya estáis en casa. Diane se ha replanteado raptar criaturas. Me parece bien, pero esto no debe continuar. He conseguido que hable conmigo. Permitirá que uno de vosotros regrese a su hogar. El otro deberá quedarse con Diane. Es el precio de la libertad.

    Lucas y Leila se miraron.

    -Iré yo-dijo Lucas.

    -¿Qué? ¡No!

    -Leila, esto no es real.

    -¿Cómo que no es real?

    Entonces Dorotea habló con la voz de su madre:

    -¡Leila, despierta!

    La chica abrió los ojos. Estaba tendida en su cama, empapada de sudor frío. El sol se colaba por las ventanas, y su madre picaba insistente a la puerta.

    -Arriba, Lucas está esperándote fuera.

    Leila saltó de la cama y se asomó a su balcón. El mar rugía debajo de ella. Sí, todo había sido un sueño, pero aún podía oír los relinchos de los hipocampos. Suspiró y entró de nuevo.
    Mientras, bajo una roca, Coral miraba la ventana de la chica.

    -Puede que, después de todo, sí quede fantasía en los humanos. Puede que algún día nos veamos, joven. Pero ahora no. Ahora no.

    Se hundió bajo las aguas y buceó hacia el palacio de Neptuno, con los hipocampos a la zaga, mientras que la luna se hundía bajo el oleaje.

  3. Hace muchos años, un enorme grupo de Homes Marines vivía en las profundidades de una playa en la costa asturiana. Como Homes Marines solían ir a romper las redes de los pescadores provocando grandes oleajes, también solían destrozar los barcos dejando a los pescadores a la deriva aunque nunca llegaban a matar a nadie directamente. Pero, con el paso del tiempo, algunos de ellos se volvieron violentos y comenzaron a acabar con aquellos aventurados que decidiesen explorar las profundidades buceando. Al principio los Homes Marines que no se habían vuelto tan violentos no hicieron nada porque pensaron que era para que no descubriesen que se asentaban allí. Desgraciadamente el problema fue a más y comenzaron a acabar con cualquiera que se metiese en medio del agua, arrastrándoles a las profundidades y ahogándoles, debido a esto la gente dejó de meterse en el agua y los barcos dejaron de navegar por ahí cerca. Ante esto los Homes Marines normales decidieron hacer algo, levantando una gran roca en medio de aquella playa, para que aquel que quisiese meterse en el agua tuviese un lugar donde estar a salvo de los Homes Marines. Gracias a esto los Homes Marines violentos volvieron a la normalidad y ya nadie tuvo que preocuparse por ello.

  4. LA LEYENDA DEL OJO DEL BUEY

    En la punta del Gaviero hay una roca a la que llaman Ojo de Buey porque, en el centro de la roca, hay un gran agujero parecido a un ojo que mira hacia el horizonte.
    Cuenta la leyenda que hace muchos años por la zona de la punta del Gaviero nació un niño en una familia pobre. Se llamaba Mateo y era esmirriado y delgado. La gente del pueblo pensaba que nunca podría llegar a ser algo en la vida.
    El niño creció y con dieciséis años ya había desarrollado alguna habilidad. No era musculoso ni corpulento pero tenía mucha imaginación y era un gran estratega.
    Un día, un monstruo surgió del océano y empezó a arrasar el poblado. Tenía la cabeza de buey, pero con un solo ojo, y el cuerpo de humano. Medía más de dos metros y tenía dos cuernos muy puntiagudos. Cada mes se le ofrecía el sacrificio de un hombre y una mujer a cambio de que no destruyera el poblado. Cuando Mateo se enteró, estuvo días y días trazando un plan para deshacerse de la bestia.
    Un día por la mañana se encaminó a la guarida del monstruo, en un pequeña islita cerca de la costa. Cuando estuvo allí empezó a cortar madera y a darle forma de estacas. Después las clavó en el suelo y se fue a buscar al monstruo que estaba durmiendo. Le tiró una piedra despertándolo y haciendo que le persiguiera hasta las estacas. Cuando estaba cerca, Mateo tiró un puñado de arena al ojo del monstruo que, ciego, se clavó las estacas y murió; entonces el valiente chico tomó el ojo y lo incrustó en un hueco de la isla, justo en el centro.
    Y esta es la leyenda de la isla del Ojo de buey.

  5. LA ROCA DE LA PLAYA DEL DÓLLAR

    Había una vez un niño llamado Lucas que vivía en Salinas y al que le encantaba hacer surf. Un día, mientras cogía una gran ola, se resbaló y se cayó de su tabla. Estaba desorientado por el impacto y lo veía todo borroso y, en ese momento, otra ola fuerte llegó y lo hundió. Cuando estaba debajo del agua, en las profundidades, observó algo que brillaba mucho. Las fuertes corrientes agitaban a Lucas de un lado para otro. Cuando por fin recogió aquel extraño objeto, ya no brillaba sino que ahora emitía un sonido muy difícil de explicar. El objeto era como una roca llena de agujeros. Lucas probó a mirar a través de ellos, pero la roca se lo tragó y Lucas se convirtió en un sireno que se encontraba en una ciudad llamada “Sirenópolis”. Allí conoció a la hermosa princesa Emma y al capitán de la guardia, Sir Neptuno. Lucas se enamoró de la princesa y se hizo muy buen amigo de Neptuno.

    Lucas pasó el resto de su vida allí hasta que un día un gran monstruo marino raptó a la princesa Emma. Como Lucas estaba profundamente enamorado de ella, no tuvo otra idea que ir a salvarla junto a Neptuno.

    Cuando llegaron a la cueva donde se alojaba el monstruo, Lucas sacó un hilo de su mochila y se lo dio a Neptuno para que lo atara a dos grandes rocas que había en la entrada. Luego se escondieron y Lucas sacó una navaja para ir armado. Cuando el monstruo salió de la cueva se tropezó con el hilo y se cayó de morros al suelo. En ese mismo instante Lucas saltó desde detrás de las rocas y se abalanzó sobre el monstruo clavándole su navaja en la cabeza.

    Y así fue como un niño llamado Lucas descubrió la roca del Dóllar, se casó con una princesa de enorme belleza y se hizo rey de los mares. Y hablando de la roca del Dóllar, aún sigue estando en las profundidades de la playa, pero que yo sepa no ha vuelto a haber otro incidente como el de aquella vez.

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