2. ¡Que hable el río!

        Como puedes observar, Bambert escribe el cuento en 3ª persona, pero poniendo el punto de vista de la narración en el río Oder, que es quien nos cuenta la historia de la huída de los chicos. ¡Démosle voz al río!:

Reescribe el relato en primera persona, como si tú fueras el Óder y observaras espantado la tragedia que sucede en tu orilla. Intenta realizar una narración lo más subjetiva y emotiva posible.

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2 pensamientos en “2. ¡Que hable el río!

  1. Era una noche fría de invierno, yo estaba en calma, hasta que vi a los Ángeles Negros de la Muerte adentrándose en la oscuridad, cercanos a mi orilla izquierda. Aunque, lo que no había visto era que los Ángeles Negros de la Muerte iban escoltando a un grupo de niños, los pobres llevaban ropas de prisioneros e iban descalzos a pesar del frío glacial. Al ver sus caras de terror, me temí lo peor, los llevaban a un campo de concentración, probablemente los estaban trasladando de un campo a otro. Había oído hablar de esos lugares con anterioridad, sitios horribles dónde metían gente inocente. Pero lo que no pude soportar fue que desde tan pequeños ya tuvieran que sufrir tales torturas, se merecían una vida feliz. Así que me decidí a ayudarles escapar, arrastré por mis corrientes pedazos de hielo que solo pudieran soportar el peso de un niño. En cuanto estos se dieron cuenta de la maniobra y comenzaron a subirse a los pedazos de hielo, hice que aparecieran más y más placas de hielo, y, así los niños cruzaron a m otra orilla, y yo hice desaparecer las placas de hielo antes de que a los Ángeles Negros de la Muerte se les ocurriera cruzar.

  2. LAS BALSAS DE CRISTAL
    Como relata el creador de esta historia, Bambert, soy el único que sabe lo que ocurrió ese día a las afueras de Slubice. Los Ángeles Negros de la Muerte, los cuáles iban vestidos de negro de los pies a la cabeza con botas de charol y su insignia que era una calavera, llevaban a un grupo de niños con la cabeza rapada, lo que les hacía parecer mayores de lo que eran, sus ojos reflejaban un profundo terror.
    Ese día hacía un frío glacial y los niños vestían con ropas tan ligeras como un pijama.
    Al verlos en esa condiciones me puse a pensar cómo podía ayudar a esos pobres niños.
    Después de pensar un buen rato pensando, grite ¡ALTO! los Ángeles Negros de la Muerte se pararon en seco y les indique a los niños que se subieran a las placas de hielo que había en mí, después de salir de ese sufrimiento, la muerte les esperaba, tras seguir mis pasos llegaron a un pueblo en el que los campesinos les ayudaron a huir.
    Desde ese momento no he vuelto ha saber de ellos pero espero que sean felices en ese nuevo lugar y no vuelvan a sufrir lo que han sufrido.

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